Abiertamente seculares - Humanistas Guatemala
Somos un grupo de personas no-creyentes que defiende la libertad de pensamiento, consciencia, expresión y religión, para la construcción de una sociedad libre e incluyente, en donde nadie sea perseguido por su raza, sexo, orientación sexual, identidad de género, creencias religiosas o su falta de ellas.
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Abiertamente seculares

La misión de Openly Secular es eliminar la discriminación y aumentar la aceptación exhortando a las personas seculares—incluyendo ateos, librepensadores, agnósticos, humanistas y personas no religiosas—a que sean abiertas sobre sus creencias.

Creemos que la vida, en toda su fragilidad, es preciosa. Desde esta perspectiva, valores como la autenticidad, la libertad, la diversidad y la igualdad son importantes. Creemos que todas las personas deben ser capaces de vivir abiertamente su verdad. Si no podemos expresar lo que somos, por cualquier motivo, no podemos vivir plenamente una vida auténtica. Lamentablemente, esta es una experiencia común para muchas personas que ocultan, restan importancia, o en algunos casos tienen que mentir acerca de sus creencias seculares. No optar por afiliarse a una institución religiosa es cada vez más normal, pero expresar duda o incredulidad de la existencia de dios, dioses, o fenómenos sobrenaturales sigue siendo un tabú. Para la mayoría de guatemaltecos, ser secular es inaceptable.

La gente a menudo se olvida de que las creencias, valores y comportamientos que son “aceptables” los determina colectivamente una pequeña minoría con el poder de dictar estándares normativos para el resto de nosotros, que cumplimos con estas normas porque estamos de acuerdo con ellas, creemos que son “naturales” o fijas, o porque desafiarlas es demasiado costoso. Todos somos animales sociales que de alguna manera queremos ser queridos y comprendidos, y muchos preferimos ocultar parte de nosotros mismos antes de arriesgarnos a perder la aceptación social. Por desgracia, el silencio nos hace cómplices y la observancia mantiene el statu quo.

La buena noticia es que podemos cambiar los estándares de aceptabilidad. Creemos que las personas seculares han permanecido en silencio durante demasiado tiempo. A continuación les compartimos las historias de guatemaltecos comunes y corrientes, que se identifican abiertamente como ateos, agnósticos, librepensadores, humanistas, no creyentes o simplemente no religiosos.


Karla Schlesinger

No hubo un momento exacto en que pueda decirse que “salí del closet” y me declaré abiertamente atea. Ha sido más bien un proceso gradual, que se ha ido cristalizando poco a poco.

Siempre fui preguntona y escéptica. Corregidor de pueblo sin gente, me decía mi mamá, porque si algo no me sonaba lógico, tercamente lo cuestionaba o simplemente lo negaba, como el día  en que aprendí a leer, no me cuadraba que la palabra correcta era Iglesia, no “Inglesia.” Creo que a esas alturas de mi vida solo había entrado a una el día que me bautizaron. Hice la primera comunión, sin tener idea de nada realmente. Yo solo sabía que iría vestida de novia y mis zapatos tenían taconcito. Era suficiente. La religión era algo sin importancia en mi casa y en mi vida.

Todo cambió cuando entré a la pubertad y mi mamá se volvió carismática. Se volvió ávida estudiosa de la Biblia y yo me escondía, porque si pasaba cerca, me hacía sentarme a oír lo último que había descubierto y podían ser horas. Mucho me parecía absurdo, inmoral e ilógico y se lo hacía saber. Claro que salía regañada por cuestionar a Dios y a la Biblia. Me mandaron a un grupo de oración para jóvenes y yo iba contenta porque la pasaba bien y tenía muchos amigos ahí, pero a pesar de mis mejores esfuerzos en el fondo siempre me sentí como una farsante. No lograba creer las doctrinas más centrales del cristianismo, así que después de como 2 años me salí y según yo ese era el fin del asunto.

No volví a darle importancia a la religión por mucho tiempo. Estudié, me casé con un ateo, tuve a mis hijas. Mi esposo y yo tuvimos ocasionales conversaciones sobre religión, pero para él era muy simple: no tenía sentido. Yo quería creer que había un Dios; que no estábamos solos. Jamás me presionó, solo me hacía preguntas y yo me quedaba rumiándolas hasta que tuve que admitir que yo realmente no creía tampoco.

Siempre he pensado que la religión debe ser algo privado y no me importa lo que otros crean, siempre y cuando no intenten interferir en la vida de los demás. Desgraciadamente los creyentes no opinan igual y no respetan el espacio personal y los derechos de quienes no piensan como ellos. Vivimos en un mundo donde los religiosos extremistas pretenden dictar cómo el resto vivimos nuestras vidas y por eso es que soy abiertamente secular. Sé que no gano nada con ridiculizar las creencias de los demás. De hecho, evito hablar de temas religiosos, porque ni con toda la delicadeza del mundo se le puede decir a alguien que sus ideas son absurdas sin que se ofenda. La religión es una cuestión de identidad también y es casi imposible criticar las ideas sin herir susceptibilidades. Por eso si alguien busca un debate conmigo, no lo evito, pero yo no lo inicio. Porque al final, lo único que puede convencer no son los argumentos, sino una vida llevada con ética y compasión.


Verónica Reyes

Soy guatemalteca de nacimiento y desde pequeña me crié en un entorno religioso. Mi mamá era enfermera y su familia—toda, absolutamente toda—era católica. Mi papá era médico, o en ese entonces, tratando de serlo; y su familia era, por decirlo así, una mezcla de religiones. Mi abuela era evangélica y mi abuelo era agnóstico. Tengo un vivo recuerdo de él hablando de religión en la sobremesa y diciendo que “eso” era una empresa y que los curas vivían a expensas de las monedas de otros “ingenuos” pero que en resumidas cuentas él sí creía en Dios. La verdad es que nunca, ni en los peores momentos de la familia, lo vi rezando o algo por el estilo.

Mi historia ha sido completamente distinta. Estudié en el Colegio Loyola, un colegio católico hasta la médula. Tuve una excelente educación y con ellos aprendí a cuidar al más indefenso, tener empatía por los demás y tener conciencia social. Luego, estudié en otro colegio católico, en el Liceo Javier. Ahí la cosa fue distinta, aunque yo había estudiado toda mi vida con hombres, fue hasta ahí que sentí la “diferencia” de lo que se supone un hombre debiera de hacer vs una mujer. En retrospectiva, creo que ahí empezaron mis dudas porque mi abuelo, quien había marcado inmensamente mi vida, había muerto; mis papás se acababan de divorciar; había pasado dos abusos infantiles, uno de parte de mi hermanastro y otro por parte de una prima y siempre estaba rondando en mi cabeza si yo había sido una niña mala y me lo merecía, si por eso mis papás se habían divorciado. Siempre me lo preguntaba, estaba en mí el pensar lo que nos decían en el colegio: “Dios es bueno,” “Dios te compensará,” “Dios castiga a los que debe,” pero ¿era yo la castigada o él iba en un momento a otro a castigar a mi hermanastro y prima? … Siempre recuerdo que había un salmo en especial que me consolaba, el Salmo 23. El solo pensar que “algo” más allá de mi pequeña comprensión estaba pendiente de mí, que me consolaba sin tener que contarle todo lo que había pasado sin tener que aguantar ese nudo espeso y torturador que se te forma cuando estás muy triste, la idea de que sin pedírselo, él y solo él entendía tu dolor y no te juzgaba, que no te tenía lástima pero que siempre estaba ahí.

Muchos años después entendí que la idea de dios que tenía, aquel que no me juzgaba, aquel que no me preguntaba, aquel que no me tenía lástima, era el mismo que nunca intervino, que nunca animó, nunca guió, y que siempre fue un inexpresivo y antipático observador. Fue ahí cuando me di cuenta que todos los años que tuve la esperanza de que “Dios aprieta pero no ahoga” era falso, supe que siempre estuve sola, con mis decisiones, con las consecuencias de ellas y todo lo que intrínsecamente conlleva o, como dice mi papá, lo que “implica renunciar a algo en una decisión.”

Cuando me “volví” atea—digo, conscientemente—me di cuenta, que es cierto: estoy sola, que este mundo es cruel y malvado, no se detiene por tu dicha o desdicha y que únicamente por tus propios medios puedes salir adelante. Sabiendo esto, ahora sé cómo reaccionar sin tener la falsa esperanza de que alguien puede cambiar la naturaleza de mi destino o lo que siento o pienso. Yo, y sólo yo, puedo hacer y pensar todo lo que se me venga en gana sin tener miedo, un miedo abrazador y traicionero que te carcome lentamente hasta el final de tu propia existencia, y que principalmente puedo salir y obtener lo que pienso que merezco, ver atrás, estar en paz con mi pasado y decir “he caminado un gran trecho pero lo he logrado, acá estoy, con mis cicatrices de combate, unas porque me las busqué y otras porque me las topé, sin remordimientos, sin segundas dudas porque todo lo he calculado hasta donde aguanto.”


Óscar Gabriel Pineda

De la misma manera en que no puedo señalar cuándo fue el momento exacto en que dejé de ser niño, tampoco puedo señalar el instante preciso en que dejé de creer en Dios. No fue una epifanía ni una catársis emocional o un momento trágico, como le ocurre a algunas personas. Para mí, fue más bien un proceso de varios años.

Mi infancia no fue tradicional, en el sentido en que crecí estando expuesto a dos cosmovisiones bastante opuestas. Por un lado, mi madre y su familia son evangélicos; por el otro, mi abuelo era científico y ateo. Las explicaciones mágicas y religiosas siempre las tuve a la orden del día, pues por diversas razones pasaba mucho tiempo en la casa de mis abuelos maternos. Sin embargo, a pesar de que en algún momento sí me creí la historia general del cristianismo, ésta nunca llegó a echar raíces en mi mente ni a formar parte de mi identidad.

Mi bisabuela materna se tomó el tiempo de enseñarme a leer cuando tenía sólo 3 años; a ella le debo el gusto y el amor por la lectura. Mi abuelo paterno, muy a su manera, me alentaba a cuestionar todo lo que leía o escuchaba, y a buscar explicaciones naturales para todo lo que desconocía; a él y a Carl Sagan les debo mi gusto por las ciencias naturales y mi escepticismo. Armado con estas herramientas, poco a poco fui encontrando cosas que no cuadraban. ¿Si el mundo fue hecho por un dios todopoderoso, quién había creado a este dios? ¿Si ese dios tenía el poder para eliminar el mal del mundo, por qué no lo hacía? Me sugirieron que acudiera a la Biblia, pues allí estaba la Verdad Absoluta. Lo hice, y terminé con más preguntas que respuestas. El dios que encontré en esas páginas, además, era violento, celoso, vengativo, misógino y cruel. Tampoco sabía mucho de cosmología, de matemáticas o de zoología. Algo extraño, considerando que se supone que es un libro especial, inspirado por un dios infinitamente bueno y que todo lo sabe. Las respuestas que obtuve a las preguntas que iban surgiendo en el camino, además, no tenían sentido para mí y la lógica circular de la cosmovisión religiosa se me fue haciendo cada vez más evidente.

Así pasaron varios años, en los que progresivamente fui desentendiéndome de la religión y de todas esas cosas. Al indagar en las ciencias naturales, en la historia, en la literatura, las artes y en la filosofía, encontré una fuente inagotable de asombro y de significado; una especie de espiritualidad naturalista que no necesitaba de creencias poco probables sobre el Universo para hacerme sentir parte de algo más grande.

No le dije nada a nadie, especialmente porque era más que obvio que era la única persona que pensaba de esa manera en mi entorno, hasta que comencé a poner más atención a lo que la religión y la creencia en “Dios,” en lo sobrenatural, en la vida después de la muerte, eran capaces de despertar en las personas y las atrocidades que se cometen en su nombre.

Entiendo perfectamente bien que la creencia en un ser superior es parte fundamental de la identidad de otras personas y que eso las mueve a hacer el bien por el prójimo, pero quisiera que esas personas fueran un poco más críticas con las cosas que creen y en sus consecuencias. Necesitamos diversidad de maneras de pensar, de ser, de sentir y de vivir, no gente que piense que posee la Verdad Absoluta y que busque —a veces con buenas intenciones, otras con malas— imponer sus creencias a los demás. Fue eso lo que finalmente me inspiró a decir lo que pienso sobre todas estas cosas, a identificarme abiertamente como no creyente y a fundar Humanistas Guatemala junto a otras personas que aprecio mucho. 

En resumen, parafraseando a Christopher Hitchens: me arriesgué a pensar por mí mismo, y de esa manera encontré mucha más felicidad, belleza y sabiduría.


Carlos Mendoza

No se sabe con certeza, pero el sentimiento religioso posiblemente se desarrolló en nuestros ancestros hace unos 80 o 50 mil años atrás. Desde entonces, las creencias han venido evolucionando culturalmente. No siempre ha predominado el monoteísmo, por ejemplo, lo cual es una invención relativamente reciente (no más de 6 mil años de antigüedad, incluso posterior a la escritura, innovación tecnológica que favoreció su amplia difusión). Al continente que hoy denominamos América llegó una versión específica de ese monoteísmo, el cual se impuso a la fuerza sobre nuestras abuelas indígenas. También se impuso sobre nuestros abuelos africanos, quienes además fueron esclavizados y traídos como mano de obra por el mínimo de los salarios posibles: ninguno. Así que tan solo tenemos unas 20 generaciones de cristianos en el árbol genealógico, con más de algún judío converso también a la fuerza, que en secreto mantenía las enseñanzas de la Torá. Seguramente la abuela indígena hizo su propia síntesis con las creencias previas, así como lo haría el abuelo africano, y de esa manera surgieron los llamados sincretismos.

Leer un poco sobre historia, antropología cultural, estudios comparados en mitología, y mucho sobre Biblia, teología católica y filosofía, me ayudó a ir desmontando la fe que como niño se me inculcó en casa y en el colegio jesuita. Un fe bastante ingenua que me condujo a la vida religiosa, donde aspiraba a una fe madura y comprometida, pero donde empecé a dudar de todo, especialmente de los dogmas, y luego de la Palabra supuestamente revelada. Claro que lo primero fue dejar de creer en la Iglesia y su autoridad, que exige una obediencia ciega y absoluta. Luego llegó el cuestionamiento sobre Dios mismo. Así que a los 24 años de edad ya había desmitificado casi todo aquello que llegué a apreciar como sagrado en mi vida. Pasé de no practicante a agnóstico, luego a escéptico, y finalmente a ateo.

Hace unos cinco años empecé a leer más sobre ciencia, especialmente sobre evolución biológica, neurociencia y el origen del Universo, y a descubrir a los “profetas” del movimiento ateo contemporáneo, como Dawkins, Denet y Harris, y así me convertí en ateo militante. Desde hace unos dos años participo activamente en la Asociación Guatemalteca de Humanistas Seculares y me siento muy afortunado de compartir con mis nuevos amigos libre pensadores una agenda progresista para este país que sigue atado a creencias que impiden entender correctamente la realidad y, por lo tanto, funcionan como obstáculo para cambiarla. Somos gente con pensamiento crítico y apreciación por el conocimiento científico que nos ha permitido avanzar grandemente como sociedad, aunque quedan muchos problemas por resolver, tan preocupantes como el cambio climático.

Hay quienes se ofenden por este planteamiento porque piensan que nos creemos iluminados o “más evolucionados” que los creyentes, y en realidad seguimos siendo Homo sapiens sapiens con sesgos cognitivos como ellos. La diferencia es que los reconocemos, y no tememos cuestionar nuestras creencias preestablecidas, sino que las confrontamos con la evidencia y el conocimiento acumulado. Preferimos tener una relación con la realidad tal y como la ciencia nos permite acceder a ella, y por eso nos quitamos los lentes del pensamiento mágico y la superstición que prevalecieron entre nuestros ancestros en contextos de incipientes sociedades agrícolas. Hoy, en el siglo XXI, en sociedades post-industriales y cosmopolitas, es seguramente la “mutación” secular la que será seleccionada, como lo demuestran las tendencias demográficas en los países más desarrollados del planeta.

La cosmovisión secular será minoritaria en Guatemala, pero es un cambio cultural global que llegó para quedarse y es un privilegio ser protagonista del mismo.


Olga Villalta

Como la mayoría, fui educada en una familia católica. Mi madre nos hacía rezar el rosario frente a un enorme cuadro del “Sagrado Corazón de Jesús”. En semana Santa, con una de mis hermanas y mi madre, leíamos el Vía Crucis. Mi madre prefería que yo leyera el texto por la entonación que le daba. Mi hermana lo leía de corrido y yo le imprimía cierto dramatismo.

A los 13 años me llamó la atención dar catequesis y fundamos un Club juvenil Cristiano, espacio desde el cuál un sacerdote nos daba charlas y realizábamos excursiones como subir volcanes. Me sentía muy responsable de difundir el evangelio y mejorar nuestra comunidad.

La entrada a la universidad me permitió adquirir la visión científica del mundo. Los textos marxistas me dotaron de herramientas de análisis de los fenómenos sociales adquiriendo una visión objetiva del universo. Así emprendí mi camino a la no creencia. Respeto todas las creencias religiosas, pero no necesito de creer en una deidad. Entiendo que muchas personas necesitan sentirse acompañadas por una imagen etérea, pero en mi caso, no la necesito.


David Pineda

Un viernes cualquiera decidí hacer una parada para evitar el exceso de tránsito. Me bajé en un bar de la zona 10 a tomar una cerveza en la barra, que estaba vacía. Poco tiempo después me acompañó un tipo de edad media y apariencia extranjera. Estaban pasando un juego de beisbol en la tv, que es un deporte que me gusta, así que lo veía con interés. Al rato noté que también él veía el juego, así que empezamos a platicar de beisbol.

Resultó ser un piloto de aviones comerciales, originario de Tennessee. Platicamos sobre un poco de todo, me contó sobre sus viajes, su familia. En fin, un tipo muy amable, de esos que tienen carisma. Aparentemente yo también le caí bastante bien, y pasamos un buen rato charlando y tomando cerveza. Hasta que un comentario mío, que no recuerdo bien, sobre evolución, lo dejó pensativo. Yo no creo en la evolución —me dijo en tono seco. Luego de un breve intercambio yo me enteré de que era cristiano evangélico y creacionista; y él se enteró de que yo era no creyente, pro-ciencia y abiertamente secular.

La plática se estancó después de eso. Se había creado una barrera que no había estado ahí antes. Y así terminó la interacción, con un silencio incómodo seguido por una breve despedida. La experiencia me dejó un sabor amargo. Me parece increíble como nuestros dogmas nos separan. Cómo se puede coincidir y compartir con una persona y de repente todo eso se viene abajo debido a ideas erróneas sobre el origen del cosmos y el funcionamiento de la naturaleza.

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