¿Oración y religión como instrumentos de política pública en Guatemala? - Humanistas Guatemala
Somos un grupo de personas no-creyentes que defiende la libertad de pensamiento, consciencia, expresión y religión, para la construcción de una sociedad libre e incluyente, en donde nadie sea perseguido por su raza, sexo, orientación sexual, identidad de género, creencias religiosas o su falta de ellas.
humanism, humanismo, guatemala, guate, ateísmo, ateos, ateas, ateo, atea, atheism, atheist, atheists, god, dios, religion, religión, secular, LGBT, LGBTI, LGBTIQ, estado, laico, laicismo, secularismo, dios, god, gods, dioses
994
post-template-default,single,single-post,postid-994,single-format-standard,qode-quick-links-1.0,ajax_updown_fade,page_not_loaded,,qode_grid_1300,qode-content-sidebar-responsive,qode-theme-ver-11.0,qode-theme-bridge,wpb-js-composer js-comp-ver-5.1.1,vc_responsive

¿Oración y religión como instrumentos de política pública en Guatemala?

“Cuando ustedes recen, no imiten a los que dan espectáculo; les gusta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para que la gente los vea. Yo se los digo: ellos han recibido ya su premio. Pero tú, cuando reces, entra en tu habitación, cierra la puerta y ora a tu Padre que está allí, a solas contigo. Y tu Padre, que ve en lo secreto, te premiará.” — Mateo 6, 5-6.

Jesús le habló así a sus seguidores, según el relato de Mateo (escrito hacia el año 65 de nuestra era), sobre lo discreto que deben ser las prácticas de caridad: “Cuando ayudes a un necesitado no lo publiques…”, pues no hay mérito si se recibe el reconocimiento público. El premio está en hacer buenas acciones por el valor intrínseco de las mismas. La satisfacción es personal. Si se hacen por dar espectáculo, se demerita la acción. En ese mismo contexto, Jesús también enseña sobre la oración. Lo plantea como una relación íntima entre Dios y el creyente y, por lo tanto, como algo que debe realizarse en la privacidad del hogar. Por ello, Jesús mismo critica a quienes gustan de orar públicamente en los templos o en las plazas. Asume que lo hacen simplemente para que los demás les vean y alaben por piadosos.

Si la oración es una práctica religiosa que refleja la relación personal entre el creyente y su Dios, y el mismo texto sagrado de los cristianos la sugiere para el ámbito privado, entonces ¿por qué el Estado se entromete en su regulación? Lo pregunto porque eso parece estar ocurriendo con la iniciativa de ley presentada recientemente por el diputado Leonel Soto Arango ante el Congreso de la República de Guatemala.

La iniciativa del diputado del Partido Unionista (el mismo del Alcalde de la Ciudad de Guatemala, Álvaro Arzú, y cuyo lema es “Dios, Patria, Libertad”) pretende crear un Día Nacional de Oración obligando a todas las iglesias y denominaciones religiosas a realizar actos espirituales para clamar a Dios en oración, los cuales deberán programarse para el primer sábado de enero. En el considerando de la iniciativa se menciona que esta ley es necesaria para volver a respetar a Dios y amar al prójimo, de tal manera que se retome en Guatemala el respeto a la vida y la convivencia pacífica.

En la nota de prensa publicada en el vespertino La Hora (20 nov. 15) se cita una declaración del mismo diputado argumentando que un día de oración al año es necesario por la “crisis de falta de valores, irrespeto a la vida, a la propiedad privada y a la pacífica convivencia en el país.” Continuó diciendo que como “el Estado y sus instituciones ya no tienen la capacidad de enfrentar esos problemas, entonces creemos que sólo Dios puede solucionarlos”.

Resulta curioso que utilice argumentos muy similares a los del diputado Marvin Osorio del Partido LIDER, quien propuso hace algunos meses hacer obligatoria la enseñanza de la Biblia en centros educativos públicos y privados del país. Su propuesta no es para que se lea como un libro importante de la Literatura Universal, sino como una fuente privilegiada de valores, para así resolver el problema de la violencia. Todo esto en un país con casi el 90 por ciento de población cristiana y más de 20 mil iglesias en las cuales, al menos los fines de semana, los fieles estudian y meditan la Biblia y se unen en oración. Es decir que si algo se practica con regularidad en Guatemala es la oración y la enseñanza de la Biblia en sus diversas traducciones católicas, protestantes y evangélicas. El pueblo guatemalteco es bastante religiosos y piadoso. De eso no cabe la menor duda.

Entonces, ¿qué es lo que falla en la lógica de los diputados ponentes? Sociológicamente, no es la ausencia de religión el problema, entonces ¿será que Dios no escucha a su pueblo? ¿Será que toda práctica religiosa resulta inútil para cambiar la realidad social en que vivimos?

Es cierto que en Guatemala tenemos un severo problema de convivencia social. Somos una de las sociedades más violentas del planeta, con una tasa de homicidios de 30 por cada 100 mil habitantes. Sólo en los últimos cuatro años han ocurrido más de 20 mil muertes violentas por diversas causas: asesinatos premeditados, femicidios, venganzas personales, parricidios, infanticidios, linchamientos y crímenes instrumentales como los relacionados con la extorsión o el narcotráfico. Pero toda esta violencia no ocurre por la falta de religión, sino a pesar de la religiosidad del guatemalteco. Recordemos que hasta los sicarios van a rezar a su santo de preferencia antes de ir a matar a su víctima. Se encomiendan a los cuidados de un poder sobrenatural para que todo les salga bien.

Por otro lado, sabemos que los valores no provienen de la religión. El Homo sapiens desarrolló la capacidad de empatía muchas decenas de milenios antes del nacimiento de cualquiera de las religiones existentes o practicadas en el pasado. Para decirlo con precisión: nuestro cerebro adquirió esa capacidad de sentir con el Otro hace millones de años, gracias a la evolución biológica, pues se han descubierto grandes similitudes con otros animales, especialmente con los primates, incluso sobre el sentido de la justicia o la equidad percibida, necesaria para cooperar. Por lo tanto, no tiene sentido hablar de individuos o sociedades sin valores. En toda cultura o sub-cultura existe un ethos, incluso en la mafia o en las pandillas juveniles. Tampoco tienen sentido atribuir las causas de la violencia a la ausencia de comunicación con una deidad determinada.

Lo que tienen en común los miles de dioses y diosas que han existido en las diversas culturas conocidas, es que todos son seres imaginarios, es decir, inventados por los mismos humanos a su propia imagen y semejanza. Son vengativos, compasivos, celosos, altruistas, enojados, comprensivos, violentos y también pacifistas. Es decir que los estados de ánimo de la divinidad son simplemente el reflejo de las pasiones humanas. Tanto de lo bueno como de lo malo: del amor y del odio. Son los dioses nuestro reflejo. Por eso no tiene mucho sentido pedirle a la divinidad que nos solucione los problemas que como sociedad no podemos resolver nosotros mismos.

El problema de la violencia tiene bases biológicas, las cuales explican el comportamiento agresivo de los humanos, especialmente entre los hombres jóvenes, quienes en contextos sociales de desigualdad exagerada, como la que persiste en Guatemala, utilizarán medios ilegales e ilegítimos para mejorar su estatus en la jerarquía social, si la economía y la política no les facilitan medios legales y legítimos para conseguirlo. Es decir que si no se puede por las buenas, ellos lo buscarán por las malas, utilizando la fuerza y el engaño. También hay otras causas estructurales, institucionales y culturales que nos ayudan a explicar la violencia. Entre las culturales se encuentra precisamente la religión.

Aunque el sentimiento religioso puede ayudar a cohesionar a los miembros de una sociedad en torno a una serie de mitos y ritos, facilitando su sentido de identidad y de pertenencia –el Nosotros, necesario para la cooperación social efectiva–; también puede movilizarlos en contra de grupos que tienen creencias diferentes –los Otros, en función de la competencia por recursos escasos; incluyéndose el uso de la violencia hasta el extremo del genocidio, como se dan varios ejemplos en el Antiguo Testamento.

La historia del mundo Occidental cristiano tiene números casos de sangre derramada en nombre de las creencias del Príncipe, es decir, de un Estado confesional que quería imponer a la fuerza determinada teología, ya que no podía hacerlo por medio de la argumentación racional. Leer un poco sobre los conflictos bélicos entre católicos y protestantes en la Europa de los siglos XVI y XVII basta para darse cuenta de los graves peligros que conlleva la explosiva mezcla entre religión y política. Por ello, Europa nos heredó el valioso aprendizaje de la tolerancia. El estado laico se concretiza con la Primera Enmienda a la Constitución de los Estados Unidos a finales del siglo XVIII. En Guatemala se hizo realidad el laicismo casi 90 años más tarde, con la Constitución Liberal de 1879.

Lamentablemente, la Constitución guatemalteca vigente desde 1985 es un tanto ambigua respecto a la separación entre Iglesia y Estado, por lo que conviene enmarcarla en los tratados internacionales en materia de Derechos Humanos ratificados por el Estado guatemalteco, que según la misma Constitución (artículo 46) tienen preeminencia sobre el derecho interno, y también hacer referencia a legislación específica como la Ley de Protección Integral de la Niñez y la Adolescencia que en su artículo 37 claramente dice: “la educación pública deberá ser gratuita, laica y obligatoria.”

Finalmente, es necesario citar la resolución de la Corte de Constitucionalidad (Expedientes 1202-2006, 1288-2006 y 1451-2007) que deja sin lugar a duda la separación entre política y religión:

“El Estado de Guatemala, conforme la Constitución actual, es laico. Así se advierte en el preámbulo de la Constitución en el que la Asamblea Nacional Constituyente reconoce la existencia de un Ser Supremo, sin hacer especificaciones o enumeraciones sobre los modos en que cada cual lo conciba o venere; simplemente hace evidente dicho reconocimiento al iniciar el texto del preámbulo invocando el nombre de Dios. Al hacer reconocimiento expreso de este derecho, se pronuncia en pro del respeto a la diversidad de cultos.”

[…] “No encuentra esta Corte que se vulnere el derecho a la libertad de convicción o de conciencia, porque el derecho a la libertad de religión no está reconocido como garantía para el Estado ni para los entes públicos que, siendo parte del mismo, comparten su condición de laico, no llamado a profesar religión alguna como oficial, sino a respetar el ejercicio de las existentes. De esa cuenta, tanto para crear una ley como para cumplirla, ni el Congreso de la República ni el Organismo Ejecutivo y entidades autónomas estatales, pueden invocar convicción religiosa alguna, por la sencilla razón de que no gobiernan en función de religiones o creencias espirituales.”

AMÉN.


Como parte de nuestra labor de defensa de la separación entre Iglesia y Estado, los invitamos a asistir a nuestro  foro ¿Biblias en las escuelas? este lunes 23 de noviembre a las 7:00 PM en el Teatro Lux.

 

 

Comments

comments