Mi duelo sin Dios - Humanistas Guatemala
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Mi duelo sin Dios

Por Karla Schlesinger

Mientras yo viva, el mes de agosto será para mí el mes que vi morir a mi hermano.

El 4 de agosto por la noche me llamó mi mamá y supe inmediatamente que algo malo había sucedido. “Tu hermano tuvo un accidente en la moto y está en un pasillo del Roosevelt porque no tienen camas.” Las siguientes 36 horas fueron de pesadilla: comprar mi pasaje, hacer una valija mal hecha, coordinar por teléfono con los médicos y con la familia el traslado de mi hermano a un hospital privado, hacer el largo viaje tratando de no sufrir un ataque de pánico…

Llegué a encontrar a mi hermano conectado a mil tubos y alambres. El accidente fue mucho peor de lo que pensé; el daño que sufrió fue extenso y el tiempo que pasó en ese pasillo sin atención médica hizo que sus riñones fallaran, por lo que decir que el pronóstico era reservado es pintarlo color de rosa. Nunca había conocido el terror tan de cerca.

Ver a mi hermano sufrir como sufrió es lo más difícil que me ha tocado vivir. Por ser médico, yo comprendía a fondo lo que ocurría y fue muy duro ser quien tradujera toda esta información a mi familia. Pero algo que lo hizo aún más difícil para mi fue que yo era la única no creyente en kilómetros a la redonda.

Toda mi familia es religiosa, cristiana en sus variedades más comunes. Se hicieron cadenas de oración fuera del hospital y círculos de oración adentro. Vivir fuera de Guatemala por tanto tiempo me había desacostumbrado a estas manifestaciones públicas de fe y me parecían muy extrañas, no sé, tan ajenas a la realidad que yo estaba viviendo. No es que me molestara, es más, lo entendía, y hasta lo envidiaba un poco. Mientras a mí la angustia me consumía por dentro, casi deseaba tener una oración que repetir para calmarme.

“Tenés que tener fe,” me decían. Cuánto hubiera deseado tenerla en esos momentos.

Cada día mi hermano empeoraba. Y mi terror crecía. ¿Cómo hace una hija para reconfortar a sus padres mientras ve morir a su único hermano? No se puede.

La mañana del 27 de agosto mi hermano murió en sala de operaciones. Los tres cirujanos llegaron juntos a darnos la noticia y solo de verlos supe lo que venían a decir. Mis rodillas se hicieron de trapo y no sé cómo no caí al suelo. A mi alrededor, histeria. Gritos, llanto, e increíblemente, rezos que mencionaban a Lázaro. Un señor desconocido se acercó a imponernos manos y a orar por nosotros. No sé qué se apoderó de mí, pero lo tomé por los hombros y viéndolo a los ojos, le dije: “se lo agradezco, pero por favor respete la privacidad de mi familia,” le di la vuelta y lo separé del grupo. Pobre, creo que nunca le había pasado algo así. Ahora hasta me da risa.

Luego del funeral, las misas, los rosarios y el entierro, el triste y solitario camino del duelo.

No sé si al final para un creyente es más fácil sobrellevar un duelo o no. Puede ser que esa promesa de volver a ver a un ser amado haga el dolor un poco menos amargo. Hay quienes dicen que sin Dios el dolor es insoportable, tampoco lo sé. Para mi lo fue, pero no creo que más o menos insoportable que el dolor de mis padres o el de mi cuñada. Al fin y al cabo, no se puede, y no se vale, comparar dolores.

Lo que nunca tuve fue esa confusión que le ocurre a un creyente cuando le pasa algo malo. Jamás se me pasó por la mente que Dios nos estuviera castigando, o que la muerte de mi hermano fuera parte de algún plan. ¡Qué horror! Alejen de mí a cualquier dios con semejante mentalidad maquiavélica, por favor.

Dios no detuvo el accidente, estuvo ausente durante la agonía y no me brindó consuelo en mi duelo. No lo digo con enojo, pero exige una respuesta: “¿cómo creer que existe Dios entonces?”

Todos nos vamos a morir. Esta es una realidad ineludible. No significa que la muerte de nuestros amores no duelan, que la del prójimo no importe o que no temamos la propia. Lo que significa es, que entender este hecho, sin adornos ni eufemismos ni deseos de una segunda vuelta, hace que pongamos atención a lo que importa en la vida, a que atesoremos cada día, a que hagamos una lista más corta de prioridades, en la que realmente solo haya personas.

Mi hermano era un ser de luz. Lo extraño todo el tiempo y me duele su ausencia. Daría todo lo que tengo por cambiar ese instante en que cayó de la moto.

Pero la vida no es así. La vida sigue, indiferente. Como atea, como humanista, no tengo reclamos, solo gratitud. Por mi vida, por la de mi hermano y sí, por el dolor, porque es lo que queda cuando hubo tanto amor.

Me hubiera gustado tener con quién hablar de esto en esos momentos. Qué suerte que ahora existe Humanistas Guatemala, porque yo sé que somos muchos los que pensamos de esta manera, y ya no tenemos que pasar por estas cosas solos.

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