Mi camino a la no creencia - Humanistas Guatemala
Somos un grupo de personas no-creyentes que defiende la libertad de pensamiento, consciencia, expresión y religión, para la construcción de una sociedad libre e incluyente, en donde nadie sea perseguido por su raza, sexo, orientación sexual, identidad de género, creencias religiosas o su falta de ellas.
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Mi camino a la no creencia

Por Verónica Servent Palmieri

Desde pequeñita tuve una gran motivación que se manifestaba claramente por la línea humanista, pero como nuestro conocimiento o visión de algo es sólo aquello que está justo en el centro de la verdad que sabemos y nuestras propias creencias; reconocí sólo de manera muy básica mis tendencias. Por mi carencia de verdades y mi infundada creencia, me hicieron elegir (si se le puede llamar elegir) primero la línea “espiritual” como fuente de la estructura de mi primer plan en la búsqueda constante de crear armonía en medio del caos.

Decidí que la oración era la solución más factible para los cambios que tanto deseaba presenciar en las maneras de actuar que yo creía erróneas en el ser humano. Los problemas, las muertes, las guerras y todas las noticias que veía en la televisión y escuchaba en el radio del carro de mi abuelo, me despertaron desde muy pequeña una especie de conciencia social, que, con mi falta de herramientas y conocimiento, me causaba mucho estrés y amenazaba con robarme el sueño si no lograba conseguirlo antes que se ocultara el sol. La noche siempre traía consigo miedos e interrogantes; muchas de ellas existenciales para mi.

Esa misma causa o motivación que me llevó a lo espiritual, fue también la que finalmente me sacó de allí para llevarme a otros terrenos más científicos. En la búsqueda de posibles soluciones no me podía permitir las mágicas, ya que esas quedaban fuera de mi control y como no eran realistas con los nuevos tiempos, no lograban aplacar mi ansiedad de querer dormir con la certeza de que aunque no dependía todo de mi, estaba haciendo algo concreto para conseguir un cambio—por mínimo que fuera. Este proceso, por supuesto, no fue tan sencillo como simplemente escribirlo en un papel.

Es difícil desarraigarte de tus creencias, pues son parte de tu identidad; incluso del papel que juegas en tu familia, con tus amigos y conocidos que van formando con el tiempo tu red de apoyo. En la necesidad tan innata que tiene el ser humano de pertenecer a un grupo, es fácil sentirse acogido cuando los cuentos, normas y dogmas te los vienen repitiendo desde que naciste. Y si no aprendemos a juzgar sus fuentes, a  verlas en sus justas dimensiones con sus aciertos y errores, tan humanos como tú, se hace difícil discernir entre la fantasía y los hechos; porque juzgarlas es ofender y menospreciar la imagen de autoridad, no solo de un ser superior del cual todos temen y nadie conoce, sino también de tus propios padres. Todo esto puede llegar a causar mucho miedo si no te sientes lo suficientemente fuerte como para sostenerte solo.

Comencé a enfrentarme a mis historias y creencias porque simplemente algo no me cuadraba, pero me daba miedo aceptarlo con mis allegados. Temía mucho ser rechazada o tomada por loca, o peor aun, condenarme al fuego eterno. Eso, sin contar el vacío enorme de la garganta al estomago que me provocaba cuando a solas yo misma me decía que a pesar de todo lo que me dicen, lo mas probable es que Dios no existe. Ese “no existe” era casi como saltar al vacío; me tomó tiempo disfrutar de la incertidumbre real y antes de dar ese salto impulsada por mi propia confusión y mis deseos de que alguien me explicara lo que no podía preguntar ni en la iglesia, ni en el colegio, ni en mi casa por temor a ser juzgada—o, peor aun, tener la certeza (de mi experiencia anterior) de que sus respuestas no respondían nada—a ocultas me metía a cualquier posible debate religioso con mi bandera de fe por delante; pero con un deseo enorme de que retaran mi conocimiento hasta dejarme sin otra salida más que buscar hechos, textos y más información de lo que en la discusión surgiera.

Así llegue un día de septiembre de 2010 al muro de Facebook de nuestro no tan ilustre alcalde Alvaro Arzú y me topé con una frase bíblica:

“Ni de día ni de noche tendremos que preocuparnos de estar en peligro de muerte.”

—Salmos, 91:5

Vi como lo atacaban por su tan notoria incongruencia con la realidad del país, pues llegaba a ser casi ofensivo con sus aseguraciones bíblicas. Pero en ese momento mi bando era el católico y no mi propio bando, así que me dediqué a defender hasta donde pude con todas las herramientas y todos los discursos que había escuchado a lo largo de mi vida, y me quedé particularmente interesada por lo que un tal Óscar Gabriel Pineda decía. Incluso, creo que lo defendí del resto de cachurecos o cristianos que lo mandaban a callar. ¡Si alguien no quería que se callara, era yo! Así que pedí respeto y libertad de expresión para todos, incluso para aquel que pensara distinto.

Después de mucho debatir, pensé: “¿Y quién es este chavo?” Me metí a su cuenta de Facebook y descubrí que… ¡era la pareja de una amiga de infancia! “¡Uff, qué problema! Esta noche seguramente hay chisme en su casa sobre una loca cachureca llamada Verónica, y cuando ella escuche mi apellido reconocerá quién soy y se reirán un rato,” pensé. De igual manera, apunté cada argumento, cada dato que Óscar escribió, y me di a la tarea de investigarlos hasta que me dolió el pecho y sentí miedo.

El tiempo pasó y conocí a una persona en un café de Antigua. Ese mismo día me recomendó 3 libros para leer. Así llegué a Erich Fromm, uno de mis autores favoritos, el impulsor de mi tan deseada libertad de criterio para poder decidir si creer o no creer con fundamentos propios y no heredados. En medio de un proceso de auto encuentro y desarraigo a una identidad heredada para encontrar la mía, curiosa e intacta, deseosa de salir, gracias a la gran estimulación mental que provocaron en mi unas conversaciones interminables con el que conocí en ese café de Antigua y que ahora era mi amigo; y más que amigo, mi maestro, quien me enseñó a no tener miedo de cuestionar lo que sabía, lo que me decían y sobre todo a cuestionar lo que creía.

Me tomó tiempo decidir que tenía que vencer mis miedos y acabar con mis complejos de creer que sólo un grupo es dueño de la verdad absoluta o siquiera que la verdad absoluta existe. En medio de todo este proceso, me enfrenté a mis miedos; lloré como nunca antes había llorado, como una niña asustada, en la sala de mi amigo. Estaba yo, por primera vez en la vida, desnudando mis ideas y mostrando mis más puros, profundos—y algunos oscuros—pensamientos y sentimientos; con una botella de agua en una mano y en la otra mis cigarros… y un hombre que no me pedía nada a cambio y con un deseo enorme de sólo escucharme (cosa que no había compartido antes con nadie). Así pasamos más de 6 meses leyendo, cuestionando, hablando; pero sobre todo, enfrentando y confrontando ideas, sentimientos, y acciones del pasado que estaban aun marcándome el paso. Hasta que un día, finalmente logré volar sola.

Continué leyendo libros,  y si había una idea que me interesara discutir (política, social o personal) buscaba distintas columnas o blogs para discutir y ampliar mi criterio con otras opiniones. Este proceso me ayudó a madurar, a valorarme y a centrarme en lo que yo quería ser y dejar de pensar en lo que “debería ser” según las expectativas hacia mí de otras personas.

La vida da tantas vueltas y, un día, entre las mil lecturas que este amigo me recomendaba, me mandó una columna que se llamaba El elefante encadenado. La leí y me encantó, me vi completamente reflejada en ella en algún momento de mi vida, aunque ahora estuviera por fin sin cadenas de ese tipo. Le comenté a mi amigo que me parecía fuertísimo darme cuenta de las miles de cadenas mentales que heredamos a nuestros hijos y que nos impiden avanzar como sociedad y recordé, también, lo difícil que fue soltarlas. Mientras le decía esto a mi amigo, me di cuenta de que el que escribió esa columna… era un tal Óscar Gabriel Pineda.  Solté la carcajada y le conté la historia a mi amigo del debate en el muro de Facebook de Arzú; le dije: “Me dan ganas de topármelo un día para decirle que me tomó un año y un poco más entender—o más bien soltar—mi antigua creencia cuando las pruebas me decían cosas distintas.”

Y sin mucho planearlo, llegó el día. Finalmente, así como el Facebook fue el medio para la confrontación, también fue el medio para coincidir en un grupo con Óscar, y me dio la oportunidad de contarle cómo un extraño ateo y sus rebeldes opiniones habían motivado a esta extraña a buscar sus propias respuestas y ahora compartir el mismo gusto por algunos libros y hasta el gusto por las películas de blanco y negro. Ahora, es para mí un gusto poder llamarlo amigo.

Toda esta experiencia y mis intenciones con rumbo, puede que no lleguen a cambiar Guatemala (a corto plazo) y sus nocivos arraigos, prejuicios y creencias. Pero en mi experiencia, y con la participación de Óscar y mi amigo confidente, comprendí que sí se pueden romper cadenas mentales implantando ideas y fomentando a la gente a cuestionar sus creencias. A veces parece que la gente no te abre la puerta (o no te permite el ingreso), pero sólo con el hecho de haberte leído o querer censurarte u ofenderte en un debate, allí hay alguien que dejó abierta una ventana de acceso, y aunque hoy no se atreve a enfrentarlo o aceptarlo, la idea ya entró a su cabeza. Así me pasó a mi y así le puede pasar a alguien más que lea esto o algún otro texto que vaya en contra de la cultura dominante, en búsqueda de la libertad de pensamiento.

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