Patriotismo - Humanistas Guatemala
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Patriotismo

Por Karla Schlesinger

En noviembre de 1995 salí de Guatemala con mi nena de 2 años, a reunirme con mi esposo en Buffalo, NY, y el invierno me recibió con nevadas que rompieron el récord de casi 100 años. Sería absurdo quejarme de mi experiencia como migrante, cuando salí cómodamente en avión, con la visa pertinente, a dar a un apartamento calentito y acogedor. Pero el shock cultural es brutal y la nostalgia es casi delirante. Sin internet ni canales en español, mi único contacto con Guatemala era hablar por teléfono con mi familia, pero las tarifas eran altísimas, así que la única respuesta “lógica” fue dedicarme a idealizar a mi país y aburrir a mis nuevos amigos con descripciones del cielo más azul del mundo y otras exageraciones por el estilo.

A los dos años regresé de visita y el shock cultural ¡fue brutal! El tráfico (que no era nada en comparación con lo que es ahora), el desorden, la contaminación visual y auditiva, el humo, el acento. Sí, el acento. No es tan bonito como nos lo hacemos creer. Pero también la belleza. El cielo sí es el más azul del mundo, no exageraba después de todo. Atitlán desde el mirador me hizo estallar en llanto.

Regresé a Estados Unidos con otra perspectiva. Me dediqué ahora a “componer” Guatemala. Todos los migrantes lo hacemos. Pero con el tiempo y conforme fui madurando, empecé a cuestionarme a mí misma y a mi relación con mi país ¿Qué es lo que uno añora? ¿El paisaje, la comida, la gente? El himno, interpretado en marimba, me saca las lágrimas. ¿La letra? Ya no.

Interesante el caso del himno. Escrito por un cubano, el original era un himno de guerra. Vean:

Si mañana tu suelo sagrado
Lo profana invasión extranjera
Tinta en sangre tu hermosa bandera
De mortaja al audaz servirá.

Que tus hijos valientes y altivos
Ven con gozo en la ruda pelea
El torrente de sangre que humea
Del acero al vibrante chocar.

Aunque fuera corregido a algo más benigno, nuestra historia sí que está empapada en sangre. No por nada nuestro pabellón ostenta armas de guerra. Esto no es motivo de orgullo.

Hace mucho tiempo que ya no me identifico con los símbolos patrios. Me choca ver cómo los funcionarios del gobierno los utilizan como si fuera opio para mantener al pueblo adormecido y dócil. Me choca especialmente ver al presidente con su voz untuosa y fingida declamar estrofas del himno o de la jura a la bandera como si hubiera descubierto el agua azucarada y nos la diera a probar con el dedo. Eso no es patriotismo. Eso se llama patrioterismo y es ofensivo.

El patriotismo es otra cosa. El patriotismo es amor a la Patria, no a los símbolos patrios. El sentimentalismo empalagoso que venera la bandera, que se adueña del paisaje e ignora la miseria de quien lo habita, tampoco es patriotismo. El patriotismo no es “poner el nombre de Guatemala en alto” cuando se gana una carrera o un premio en el extranjero.

El patriotismo es algo más profundo y más difícil de definir. Es la defensa de la dignidad y la decencia. Es la gallardía de poner el pecho por la tierra de uno. Es protestar sin necesidad de ser convocado, contra gente sinvergüenza y abusiva que se monta en el poder para su propio beneficio. Es lo que por primera vez ha hecho del 15 de septiembre una celebración memorable y emotiva, sin pompa ni protocolos militares, pero con mucho orgullo. Eso es lo que es tener ánima fiera, no la violencia a la que los cobardes recurren cuando se ven acorralados.

Lo que ocurrió en Guatemala el 15 de septiembre del 2017, eso sí, se llama soberanía. Nunca me he sentido más orgullosa de ser guatemalteca.

Lo he dicho muchas veces: Guatemala no tiene solución. Pero tercamente sigo con mi amor de lejos. Un amor ya no tan platónico ni tan ingenuo, pero sigo amando a mi país hasta la médula. Quién sabe qué va a pasar ahora. Los poderosos no sueltan el poder por las buenas y eso me llena de temor, pero ver el espíritu disidente de mis amigos me motiva a no perder la esperanza todavía.

Feliz 15 de septiembre, mi amada Guatemala.

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