Esta es una transcripción de la charla de Carlos Mendoza del 3 de diciembre de 2016 en el foro ¿Por qué dios odia a las mujeres? organizado por la Asociación Guatemalteca de Humanistas Seculares.

 

Tengo una preciosa hija de cinco años a quien me gustaría ver crecer sana y libre. Deseo que ella alcance plenamente su potencial, como mujer, como ciudadana, como profesional, según el estilo de vida que ella decida llevar, y no condicionada por los límites que su sociedad le imponga. Ya tiene en su madre y en sus tías ejemplos vivos de una generación que, a pesar de una educación con religiosas, es decir, en colegios de monjas, rompió con varios estereotipos aún prevalecientes en una sociedad como la nuestra, conservadora, patriarcal y machista. Son mujeres que luchan por encontrar el equilibro entre la carrera profesional y su vida como esposas y como madres, pero que ya no se conciben como la mujer de alguien, sino como personas autónomas respecto al tradicional pater familias.

Mi madre, por su parte, tuvo aspiraciones por una vida como mujer económicamente independiente del marido, pero las mismas se vieron frustradas por tres niños a los que decidió cuidar, consagrándoles enteramente su vida. Como ama de casa vivió generalmente con horizontes muy limitados, aunque como madre y abuela creo que se ha sentido realizada. Ella se percibía controlada económicamente y, de alguna manera, sometida por el padre de sus hijos. Él, por su lado, asumió con estoicismo la responsabilidad de proveer al hogar de todo lo necesario. Ambos pertenecen a la generación de transición de una sociedad con clara división del trabajo dentro de la familia, hacia otra donde hay más responsabilidades compartidas, pues los papeles aún no han sido invertidos del todo.

Los factores que explican estos cambios sociales intergeneracionales son complejos. Ciertamente se aceleraron en el siglo pasado desde que, en 1920, finalmente pudieron votar las mujeres en los Estados Unidos, aunque ya el derecho al voto había sido otorgado en países como Finlandia, Noruega y Suecia. En Guatemala llegó esa ola modernizadora, de una democracia más incluyente, gracias a la Revolución de Octubre del 44, pues hasta entonces se consideró como ciudadanas a las mujeres, pero a las que no fueran analfabetas, mientras que con los hombres no se hacía dicha distinción. Así fue como mi bisabuela, una mujer indígena de la Baja Verapaz, logró inscribirse para votar a sus 50 años de edad.

Por otro lado, se ha comprobado que el acceso de las mujeres a la educación tiene un impacto importante en el número de hijos que cada una tiene, en promedio. Con mi esposa tenemos sólo una nena. Su mamá tuvo cuatro hijos, su abuela tuvo seis y su bisabuela ocho. De esas cuatro generaciones, sólo mi esposa ha tenido acceso a la educación universitaria. Sin embargo, las presiones sociales para que la mujer se case y tenga hijos siguen siendo muy fuertes. Provienen de todos lados. De la propia familia, la escuela, el trabajo y la iglesia. También de la publicidad, la televisión y otros medios de comunicación que suelen reforzar los estereotipos para cada género. Hay, en contraste, insuficientes campañas para educar a las niñas y a las adolescentes, y son muy escasas las oportunidades para que desarrollen al máximo su potencial intelectual. En este país hay millones de mujeres que están condenadas a vivir en el área rural acarreando agua y recolectando leña para cocinarle a los hombres, yendo al río para lavarles su ropa y siendo víctimas de depredadores sexuales, extraños o cercanos. Esto debido, en parte, al modelo económico excluyente que tenemos, que genera pobreza y desigualdad. Por otro lado, debido también a una sociedad extremadamente conservadora, con mentalidad y creencias que quizás eran entendibles en nuestros abuelos, que fueron educados con modelos aún del siglo XIX, pero que difícilmente pueden justificarse en pleno siglo XXI.

Por ello, es importante entender los mecanismos socio culturales que han atrofiado nuestra capacidad de evolucionar hacia una sociedad más tolerante, liberal y solidaria. Me quiero fijar en el papel que juegan las creencias religiosas en el establecimiento de los roles de género, sancionándolos como verdades inmutables, es decir, como tallados en piedra.

Especialmente relevantes son las tres grandes tradiciones monoteístas, el judaísmo, el cristianismo y el islamismo. Recordemos que estas dos últimas religiones abarcan más del 54 por ciento de la población mundial, es decir, algo más de 3 mil 800 millones de personas. La visión distorsionada de la realidad que difunden y perpetúan estas creencias no es nada favorable para las mujeres. En nombre de un dios muy macho y extremadamente celoso, que utiliza la violencia contra quien le es infiel, se justifica la opresión de la mujer. Se le pide que guarde silencio y que obedezca, en total sumisión a las órdenes del marido, del cura, del pastor, del líder religioso que generalmente es un hombre.

En el Talmud, libro sagrado de los judíos, aparece esta oración: “Alabado seas por no haberme hecho gentil, por no haberme hecho esclavo, y por no haberme hecho mujer.” Así dan gracias a su dios por ser el pueblo elegido en contraste con los pueblos paganos que desconocen la verdad, y por lo tanto viven en la ignorancia, por ser hombres libres que no son considerados propiedad de otros, y por no ser considerados impuros por los ciclos reproductivos de la naturaleza, ni parir con dolor, entre otras desventajas que reconocen entre los sexos. Muchas de ellas fruto de las diferencias biológicas que dan paso a inequidades de género, basadas en creencias predominantes en sociedades agrarias de hace unos 10 mil años.

En el mundo judío también se aplica la segregación en la sinagoga, para que los hombres no piensen en las mujeres mientras hacen su oración y leen la Torá. Lo justifican diciendo que eso mismo se pide al hombre: que no piense en otra mujer cuando tiene sexo con su esposa. Pues la oración es considerada una relación íntima con su dios.

De manera muy similar, los musulmanes explican la segregación en las mezquitas, pero con énfasis en las posturas de la oración. Reconocen que sería demasiada distracción. Además, durante el período menstrual no pueden las mujeres entrar a las mezquitas. Para los judíos ortodoxos, la mujer ni siquiera puede acercarse a su marido cuando está menstruando y hasta siete días después.

No obstante, nos concentramos en el cristianismo por ser la creencia predominante en nuestra sociedad. Por un lado, se alimentó de las creencias del judaísmo y, por otro, de la cultura de los gentiles con la cual se entrelazó durante más de cuatrocientos años en el contexto económico y político del Imperio Romano.

El biblista John Dominic Crossan nos explica que el patriarcado sexual de los romanos era un microcosmos de su imperialismo, lo cual se expresaba en el control, abuso y hasta humillación del hombre sobre la mujer. En específico: el poder del hombre traducido en posesión y penetración sobre el cuerpo de la mujer. Por ello, la legislación romana se preocupaba por controlar la promiscuidad de la mujer y su procreación. Los textos y el arte de la época reflejan el machismo crudo y su urgencia de tomar a la mujer. El hombre con alto estatus social tenía la libertad de penetrar a quien quisiera, mujeres u hombres jóvenes o de clase inferior.

En contraste, la moral del judaísmo restringía el sexo al matrimonio entre un hombre y su mujer con fines puramente reproductivos.  En ese contexto, el mensaje de Pablo, el verdadero fundador del cristianismo greco-romano, sobre la igualdad podría presentarse como revolucionario. Por el bautismo, dice: “Ya no hay diferencia entre judío ni griego; entre esclavo y hombre libre; no se hace diferencia entre hombre y mujer, pues todos ustedes son uno solo en Cristo Jesús” (Gálatas 3:26-29). Claro contraste con la oración del Talmud que ya citamos.

Sin embargo, un seguidor misógino de Pablo parece que insertó en primera Corintios aquello sobre el velo de las mujeres y su silencio en las asambleas. La primera carta a Timoteo (2: 8-15), atribuida también a Pablo, pero muy posiblemente escrita por otra persona, es una de las que más ofende nuestra sensibilidad: “Que la mujer sea sumisa, que no mande o enseñe a los hombres… Las mujeres se salvarán por la maternidad, con tal que sean piadosas y capaces de moderarse.” Claro que esto tiene mucho que ver con el relato del Génesis sobre la culpabilidad de la mujer en la desobediencia a dios y su sentencia implacable: “Multiplicaré tus sufrimientos en los embarazos y darás a luz a tus hijos con dolor. Siempre te hará falta un hombre y él te dominará” (3: 16).

La misoginia que se le atribuye a Pablo en ciertas cartas, debe contrastarse con la autoridad que llegó a tener Tecla, incluso al mismo nivel suyo, según los frescos que luego fueron víctimas del vandalismo y fanatismo de quienes pensaban que la mujer debería permanecer silenciada. Por cierto, la principal virtud que la tradición de la Iglesia resalta en ella es su virginidad y no su intelecto ni sabiduría.

Los arqueólogos del Medio Oriente han descubierto que Yawe, el dios de los judíos, tenía una pareja. Era la diosa madre llamada Asherah. En la mitología de los pueblos semíticos se le denominaba la Reina de los Cielos. Ese título también lo ostentaba Isis, diosa egipcia, y lo heredaría luego María, la madre de Jesús. Recordemos que Cirilo de Alejandría, patriarca de la Iglesia en el siglo V, fue quien defendió en el Concilio de Éfeso que María no era sólo la mamá de Jesús sino también la Madre de Dios. Este obispo egipcio, considerado santo y doctor de la Iglesia, era muy intolerante ante la diversidad de creencias de su época e impulsó la hegemonía cristiana, que era ya la religión oficial del Imperio desde el siglo IV. Persiguió y expulsó a los judíos de Alejandría, y se le responsabiliza del asesinato de la filósofa Hipatia. Literalmente, fue linchada por una turba de fanáticos cristianos. Ella era matemática, astrónoma, y filósofa de la escuela neoplatónica.

Es irónico que en la Iglesia Católica se reverencie tanto a María, mientras que a las mujeres se les niega toda posibilidad de acceso a los puestos de la jerarquía eclesial. Hasta muy recientemente se superó un grave conflicto político y teológico entre el Vaticano y la principal organización de hermanas religiosas en los Estados Unidos. En 2007, la teóloga dominica Laurie Brink se atrevió a plantear que la búsqueda de la santidad en el siglo XXI implica moverse más allá de la doctrina de la Iglesia, incluso más allá de las enseñanzas de Jesús y de las fronteras impuestas por la religión institucionalizada. La Inquisición contemporánea, es decir, la Congregación para la Doctrina de la Fe, acusó a esta organización de practicar y promover un feminismo radical. Esto seguramente fue una reacción a la denuncia de la misma Brink respecto a los abusos, opresión, abandono y hasta dominación por parte de la jerarquía eclesial hacia las hermanas religiosas.

A María se le propone como modelo para las mujeres creyentes, pero de obediencia y de virginidad. De esta manera, muy explícita, se les quiere controlar sus ideas, su forma de pensar y, por supuesto, su sexualidad. Esto último requiere lo primero. Por ello, recuerdo con un poco de humor cuando hace más de 20 años yo estaba en la vida religiosa y comenté en una clase de teología sobre el simbolismo de la virginidad de María, pues de acuerdo a los mitos de la Antigüedad, si Jesús era el Hijo de Dios entonces debía nacer de una virgen, lo cual no implicaba que literalmente lo fuera. Un estudioso católico de la Biblia propuso que a lo mejor el embarazo de María era fruto de una violación por parte de un soldado romano de la ocupación militar en Palestina y que, en efecto, había que darle crédito a José por no denunciarla. Ante estos elementos para discusión en un contexto académico, una religiosa se puso a llorar, a lo mejor por tristeza, pues su voto de castidad se lo habían fundamentado en la supuesta virginidad de María.  Por cierto, así empecé a darme cuenta que estaba en el lugar equivocado y empecé a cuestionar con más fuerza mis propias creencias.

Hoy, en Guatemala, no podemos permitir que continúe la opresión estructural hacia las mujeres. No se trata de profesar feminismos más o menos radicales, tampoco del uso de un lenguaje políticamente correcto, sino de un cambio más profundo, al nivel de las creencias más íntimas de la colectividad. Debemos empezar por promover y defender el Estado laico, para que las creencias religiosas, aunque sean profesadas por la mayoría, no interfieran en la legislación ni en las políticas públicas que eventualmente podrían limitar las decisiones que cualquier mujer pueda tomar sobre su cuerpo y su sexualidad. Debemos luchar por la educación científica y el pensamiento crítico, para que las niñas y las adolescentes no sean fácilmente presa del discurso religioso patriarcal y machista que las oprime. Y, finalmente, los hombres debemos dejarnos cuestionar por lo que han sufrido nuestras abuelas, madres, hermanas, hijas y parejas sentimentales. La natural empatía hacia ellas nos ayudará a ser más conscientes del problema y a demostrar solidaridad, renunciando eventualmente a nuestra posición de privilegio. Espero que mi querida hija sea testigo de ese gran cambio cultural.